La segunda mitad del siglo XIX supuso un cambio profundo para la viticultura en Navarra y, por supuesto, en Bargota. La apertura a los mercados internacionales, especialmente tras las crisis vitícolas que afectaron a Francia, generó una fuerte demanda de vino navarro y riojano. Plagas como el oídio, que se propagó desde 1850, y posteriormente la filoxera, devastaron los viñedos franceses, dando la oportunidad a los productores locales de expandir la vid y mejorar sus técnicas.

En este contexto se introdujeron innovaciones importantes: la implantación de la Garnacha, la llegada de estrujadoras de uva francesas, la generalización de barricas de 225 litros y nuevas técnicas de vinificación. La industrialización del proceso y las inversiones procedentes de Francia y Bizkaia impulsaron un auge vitivinícola, y antes de la llegada de la filoxera, surgieron las grandes bodegas que cimentarían la proyección internacional del vino riojano y navarro. El vino se convirtió en un negocio lucrativo, alrededor del cual floreció una nueva burguesía y muchas familias incrementaron su poder económico y social.

La llegada de la filoxera a Navarra, a finales del siglo XIX, tuvo efectos devastadores: entre 1892 y 1900 el viñedo se redujo en más del 50 %, pasando de 50.000 a apenas 1.500 hectáreas. Bargota no fue ajena a esta catástrofe, aunque logró recuperarse parcialmente gracias al impulso de la Diputación Foral, que promovió viveros y la introducción de patrones americanos resistentes al insecto. Este proceso, aunque traumático, permitió la modernización de la viticultura y sentó las bases para la reorganización del sector en el siglo XX.

Durante este periodo se consolidaron nuevas variedades. Mientras que cepas tradicionales como la Mazuela y el Berués perdieron protagonismo, la Tempranillo y, sobre todo, la Garnacha, se convirtieron en las más extendidas. En Bargota también se cultivaron otras castas locales como Bobal, Monastrell, Garró, Mandón, Mencía o Garnacha Tintorera, algunas de las cuales desaparecieron con el tiempo debido a su menor rendimiento o calidad. La introducción de patrones americanos permitió seleccionar las variedades más idóneas para los injertos, consolidando definitivamente la Garnacha como variedad dominante.

Viñedo experimental

A mediados del siglo XX, las técnicas más avanzadas de vinificación, muchas de ellas procedentes de Francia, se incorporaron en Bargota: obtención de mosto, azufrado, trasiegos y prevención de enfermedades, transformando la manera de elaborar el vino. Algunos viticultores locales participaron en exposiciones internacionales, como la Exposición Filomática de Burdeos de 1895, e incluso exportaron a mercados como Estados Unidos. Familias como los Díaz de Cerio o los Aranzadi fueron pioneras en la adopción de estas técnicas, jugando un papel central en la modernización de la producción local.

El vino pasó de ser un producto de autoconsumo y de comercio local a integrarse en redes regionales y nacionales, con un crecimiento notable desde mediados del siglo XIX. La mecanización del campo, la aplicación de nuevas técnicas y la mejora de infraestructuras de transporte favorecieron la expansión del viñedo, aunque de manera desigual. Esto permitió a Bargota formar parte de dinámicas económicas más amplias, dejando atrás el aislamiento de épocas anteriores.

Un elemento clave en este proceso fue la creación de la Denominación de Origen Rioja en 1925 (reconocida legalmente en 1926), cuya inclusión de parte de Navarra supuso un respaldo a la calidad de los vinos y un estímulo para la modernización del sector. Las nuevas regulaciones facilitaron la inserción de los vinos de Bargota en mercados nacionales e internacionales, transformando la percepción social y económica del viñedo local.

En este contexto, la Garnacha destacó por su resistencia y versatilidad. Aunque su origen exacto sigue siendo desconocido, ya se documentaba en Navarra desde 1395 en lugares como Obanos, Pamplona y Viana, y su importancia solo creció durante el siglo XIX. Tras las plagas y prohibiciones sobre la viña, su producción aumentó, consolidándose como una variedad clave para la reconstrucción del viñedo navarro tras la filoxera. Su color oscuro bermejo, su potencial para vinos jóvenes o envejecidos y su graduación alcohólica de 14-16 grados la convirtieron en una uva muy valorada.

La Mazuela, por su parte, fue la variedad más extendida entre los siglos XVIII y XX por su facilidad de cultivo y rápida producción. Tras la filoxera, perdió protagonismo frente a la Garnacha, aunque siguió siendo empleada tanto en vinos tintos como blancos, especialmente para regular color y acidez.

El Tempranillo, aunque históricamente menos extendido, ya desde el siglo XVIII era considerado un vino de alta calidad. Su cultivo se recuperó a mediados del siglo XX, consolidándose hoy como una de las variedades tintas más importantes de la Denominación de Origen Rioja, apta para vinos jóvenes, de crianza y envejecidos.

El Graciano, menos cultivado, aporta estructura, acidez y capacidad de envejecimiento, siendo utilizado principalmente en mezclas. La Garnacha Blanca, derivada de la Garnacha tinta, comenzó a cultivarse hacia 1865 en el Valle del Ebro, y aunque su presencia decayó con la reducción general de viñedos, ha recuperado protagonismo con el interés creciente por los vinos blancos.

Otras variedades presentes en Bargota incluyen:

Indígenas: Alarije o Malvasía Riojana, Albillo Mayor, Castellana Blanca, Cayetana Blanca, Garnacha Roya, Monastrell, Moscatel grano menudo y Viura.

Exóticas: Cabernet Sauvignon, Chasselas, Garnacha Tintorera, Garró Mandón, Grand Noir, Mencía, Monastrell y Zoca Zarra 04.

Este recorrido histórico muestra cómo la viticultura de Bargota, combinando tradición y modernización, supo adaptarse a crisis y oportunidades, manteniendo su riqueza varietal y consolidando su posición dentro de la Denominación de Origen Rioja, un legado que hoy podemos disfrutar en sus viñedos y vinos.